Que miedo da la hermosura
cuando tiene dos luceros negros
capaces de hacer arder la ciudad.
Y ahora sé que tanta intensidad será difícil de olvidar, que unos brazos que aprietan al abrazar reconfortan al alma, que tenías tanta necesidad de afecto como yo, y que no conocías el amor, aunque actuaras como si lo fuera. Que serías feliz recordando la mera experiencia, me dijiste, y yo sabía que sería eternamente triste por recordarme tan feliz en tus brazos y tan desdichada en tu ausencia. Porque yo, alma nostálgica y triste, aún no comprendía la absurdidad de la vida y no podía ser feliz simplemente por lo que fue.
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